Narrador: Y aconteció en aquellos días que salió
edicto de parte de Augusto César, que toda la tierra fuese
empadronada. Este empadronamiento primero fue hecho siendo Cirenio
gobernador de la Siria. E iban todos para ser empadronados, cada
uno á su ciudad. Y subió José de Galilea,
de la ciudad de Nazaret, á Judea, á la ciudad de
David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y
familia de David; para ser empadronado con María su mujer,
desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció
que estando ellos allí, se cumplieron los días en
que ella había de parir. Y parió á su hijo
primogénito, y le envolvió en pañales, y
lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para
ellos en el mesón. Y había pastores en la misma
tierra, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre
su ganado. Y he aquí el ángel del Señor vino
sob! re ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor;
y tuvieron gran temor. Mas el ángel les dijo: No temáis;
porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será
para todo el pueblo: Que os ha nacido hoy, en la ciudad de David,
un Salvador, que es CRISTO el Señor. Y esto os será
por señal: hallaréis al niño envuelto en
pañales, echado en un pesebre. Y repentinamente fue con
el ángel una multitud de los ejércitos celestiales,
que alababan á Dios, y decían: Gloria en las alturas
á Dios, Y en la tierra paz, buena voluntad para con los
hombres.
Mientras estas cosas sucedían en los valles de Belén,
contemplemos a un muchacho de la aldea de Betania, que se despierta
por la brillantez del cielo.
Comience la escena con un escenario oscuro. A través de una luz muy tenue, vemos a un pequeño niño durmiendo al lado izquierdo del escenario. La música va aumentando hasta ser de una calidad celestial simultáneamente con una luz brillante que alumbra al lado derecho off stage (fuera de escena). La luz despierta al niñito, quien siente un temor reverencial y a la misma vez miedo al ver esa luz sobrenatural. Se siente irresistiblemente atraído hacia la ventana, donde observa por un momento y luego sale de prisa a despertar a su hermanita.
Lázaro: ¡Wow! ¡Tengo que despertar a María! (Efectos de sonido (SFX) de pasos. La sacude con urgencia para despertarla.)
María: ¿Huh?
Lázaro: ¡Despierta! (Halándola fuera de la cama.) ¡Ven para que veas!
María: ¡Ver qué? ¿Qué cosa es, Lázaro?
Lázaro: ¡Sólo ven a ver!
María: (Soñolienta) Está bien. (Bosteza) Déjame ponerme las sandalias. (Se detiene a ponerse las sandalias)
Lázaro: ¡No! ¡No hay tiempo para sandalias! Avanza antes de que se vaya.
María: Ya voy. (Arrastrando los pies con las sandalias a medio poner) ¿Antes de que se vaya qué cosa?
Lázaro: ¡Mira!
María: (Boquiabierta de asombro por lo que está viendo) ¿Qué es?
Lázaro: No lo sé. Era tan brillante que me despertó.
María: Nunca había visto nada tan brillante. Me pregunto qué será.
Lázaro: ¡Escucha! (Pausa) ¿Escuchas eso?
María: Sí. Es un cántico.
Lázaro: ¿Un cántico?
María: Sí. Gente cantando. Es la música más hermosa que he escuchado.
Lázaro: ¿Será de Belén?
María: Yo creo que sí. Debe venir junto con esa luz.
Lázaro: ¡Vamos a despertar a Marta, y a Papá y a Mamá!
María: Está bien. Espera. (La luz y la música distante se desvanecen) Oh, no, demasiado tarde.
Lázaro: ¡Oh, no! La luz se está apagando.
María: Pero no por completo. ¡Mira!
Lázaro: ¡Se convirtió en una estrella! ¡La estrella más brillante en el cielo!
María: ¿Crees que Papá y Mamá nos creerán si les contamos?
Lázaro: Quizás si les mostramos la estrella.
María: Sí. ¡Vamos a mostrarles la estrella!
Lázaro: ¿Le diremos acerca del cántico que escuchamos?
María: No sé. Es posible que no nos crean.
Lázaro: Entonces será nuestro secreto. Sólo tú y yo lo sabremos.
María: Está bien. Será nuestro secreto. Ven. ¡Quiero contarle a Marta!
Lázaro: Y yo voy a contarle a Papá y a Mamá.
ACTO I
Escena I
En la casa de Simón
Narrador: Han pasado muchos años y nos encontramos en la casa de Simón el Fariseo. Su esposa, Raquel, ha sido diagnosticada con una enfermedad terminal y se ha ido de Betania a visitar climas más templados para tratamiento y reposo. Una joven mujer llamada María ha sido empleada para ayudar en los quehaceres de la casa.
María: (Voz en OFF (V.O.)) (SFX de una escoba) Pobre Rabí Simón. Ha estado tan triste desde que se fue su esposa. Quizás estas flores en su escritorio le traigan un poquito de alegría. (SFX de florero en el escritorio y luego de los pasos de Simón) Oh, ahí viene. Debo seguir trabajando.
María coloca un florero con flores en el escritorio de Simón. Lo escucha que viene y de inmediato se pone a tararear una canción mientras limpia o remienda alguna cosa. Entra Simón quien no se fija en ella. María sigue trabajando pero observa de reojo para ver su reacción por las flores. Él se ve como ausente y se sienta en su escritorio. Cuando va a coger su libro o su pluma se da cuenta de las flores.
Simón: ¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Flores? (Se nota visiblemente conmovido. Toca los pétalos con ternura, los huele con una inhalación lenta como si tratara de extender el placer. Se reclina y mira las flores por unos momentos (V.O.) Me pregunto cómo, o quien y luego mira a donde está María). ¿Fuiste tú?
María: Sí. Pensé que le levantarían el ánimo. Mi hermana Marta las llama "florecillas del Edén.
Simón: Gracias. (Tiernamente) Mi esposa siempre pone flores en mi escritorio.
María: ¿Hay noticias de ella?
Simón: Ella no está bien. Quizás esté peor por el viaje. Me temo que (Esconde su cabeza en sus manos)
María: (Con empatía) Lo siento. Si hay algo que yo pueda hacer
Simón: (Retomando el control) No. No.
María: No esté triste, Rabí Simón. Ella va a estar bien.
Simón: (Recuperándose un poco) Gracias por decir eso, Srta. María. Pero muy en lo profundo de mi corazón no estoy seguro de creer eso.
María: ¡Oh, pero tiene que creer! Si cree, ya tiene la mitad de la batalla ganada.
Simón: Gracias. Trataré.
María: Dios está trabajando en eso. Ya verá que todo estará bien.
Simón: Se nota que amas a Dios, María. ¿No es así?
María: ¡Oh, sí! Por eso es que estaba tan ansiosa de venir a trabajar para usted.
Simón: ¿Oh?
María: Sí. He pensado que después de que el trabajo esté hecho, quizás tu podrías enseñarme más acerca de Él.
Simón: Dios te bendiga, hija. Estaré feliz de hacerlo. (Su estado de ánimo cambia) Creo que me ayudará a olvidar.
María: ¿Olvidar? ¿Olvidar qué?
Simón: Olvidar que mi esposa está muriendo en una tierra lejana. Olvidar que estoy solo, miserable, deprimido.
María: ¿Usted?
Simón: ¿Te sorprende?
María: Pero usted es un fariseo. Un hombre de Dios.
Simón: ¿Crees que los hombres de Dios no sufren?
María: No, yo nunca pensé eso. (Pensativa) Sólo supuse que un fariseo está tan cerca de Dios que
Simón: Desearía que así fuese. Pero algunas veces siento que estoy más lejos de Dios que ninguna otra persona.
María: ¡Amo Simón!
Simón: Es cierto. Pero claro, cuento mis pasos en Sábado y diezmo la menta y el comino, pero de alguna manera, por alguna razón, no es suficiente. Mi alma todavía grita: vacío, vacío, vacío.
María: Me gustaría poder ayudarle, Rabí.
Satán: Ella es una mujer hermosa, Simón.
Simón: Bueno, puedes empezar por llamarme Simón.
María: Está bien, Amo Simón.
Simón: No. No Amo Simón. Sólo Simón.
Dios: (V.O.) No, María.
María: Yo
Simón: ¿Hay algo malo?
María: Es que me siento algo rara. Con sus años usted podría ser mi padre.
Simón: ¿Soy demasiado viejo para ser tu amigo?
María: No.
Simón: Entonces no soy tan viejo como para no ser llamado por mi primer nombre. ¿No es así?
María: (Vacila un poco) Tiene razón. Pero sólo si usted me llama María.
Simón: Con mucho gusto, María. (Extiende su mano y toca la de ella).
María: (Ella es demasiado tímida como para permitirle más y en retira su mano. Pero el contacto, aunque ha sido breve, tiene un toque de magia y ella, absorta, pasa su mano por el lugar donde fue tocada.) Yo eehh Yo debo seguir trabajando.
Simón: (Mientras habla retira su mano. Él también ha sentido la magia y absorto toca la punta de sus dedos con su otra mano. Habla pensativo, notando que ella se ha comporta ahora más formalmente.) Sí, claro, podemos charlar en otro momento.
(Él regresa de nuevo a sus libros mientras ella continúa con sus tareas. De pronto él levanta su vista y como ella está de espaldas se queda mirando absorto.)
Satanás: Ella es una mujer muy hermosa, Simón.
Simón: Si.
Escena II
Cielo
Narrador: En ese tiempo llegó un día cuando los
hijos de Dios vinieron a presentarse delante de Dios. Y Satanás
también estaba entre ellos. Y el Señor le dijo a
Satanás:
Dios: ¿De donde vienes?
Satanás: De rodear la tierra y de andar por ella.
Dios: ¿Has visto a mi hijo, Jesús? ¿Te has dado cuenta de que a pesar de todas las tentaciones que tú mismo les has dado, ha vivido una vida sin pecado?
Satanás: ¿Se supone que eso me impresione? ¿Acaso no es Él el Hijo de Dios?
Dios: Pero Él vive como un hombre entre los hombres, en carne y hueso, como David su padre. Sólo puede usar los mismos poderes al que cualquier ser humano tiene acceso.
Satanás: ¡Bah! Es muy fácil obedecer mientras se lleva una vida de ermitaño en las montañas de Nazaret. Pero cuando se enfrenta al verdadero campo de batalla, ya veremos de qué está hecho.
Dios: Lo has tentado en cada punto y en cada vuelta de su vida. Jamás ha existido joven alguno que haya sido tentado como él. ¿No es suficiente eso para ti?
Satanás: Realmente no. ¿No ves cómo sus padres guardan las avenidas de su alma como si fueran un castillo? ¿No oran ellos por él con cada respiración que toman? Con padres como esos, es posible que algunos puedan vivir una vida como si estuviesen bajo la sombra del Omnipotente.
Dios: ¿Qué dices?
Satanás: Sencillamente, que, aún si el pudiese llevar una vida sin pecado, Él será el único. Tú me echaste del cielo junto con mis ángeles por el "pecado y ahora pretendes ocupar muestros lugares con hombres y mujeres, ¿¿no??
Dios: Estás en los correcto.
Satanás: Pero ellos también han pecado. ¡¡Son pecadores!!
Dios: Yo los transformaré a la imagen de mi Hijo.
Satanás: ¿Ah, sí? ¿Cuándo? ¿Cuándo lleguen al cielo y la vida sea fácil? ¿O aquí y ahora en el planeta Tierra donde su confianza es probada?
Dios: Aquí y ahora, por supuesto. 2/3 de los ángeles han probado que en el cielo la obediencia es posible.
Satanás: Entonces te propongo que me muestres, y a todas estas personas de todo el universo que están reunidas aquí en esta sala, (ejecuta un gesto amplio con su mano que incluye a toda la audiencia) que tú puedes hacerlo. Muéstranos al menos una persona que haya caído en un gran pecado, que tenga un cambio radical y pueda vivir una vida de obediencia. Entonces estaremos impresionados. (A la audiencia) ¿¿Verdad que sí?? (Pausa)
Audiencia: Sí. Claro que sí, etc.
Satanás: Sí, por supuesto que estaremos impresionados. (A Dios) ¿¿Bien??
Dios: Está bien. Lo haré. ¿¿Ves aquellos dos envueltos en una conversación trivial?? (Entran Simón y María)
Satanás: ¿Simón y María?
Dios: Sí. ¿Qué tal Simón y María?
Satanás: ¿Cuál de ellos?
Dios: Ambos.
Satanás: Estás muy seguro de ti mismo, ¿no es cierto?
Dios: Estoy seguro de Jesús.
Satanás: Jummffff
Dios: ¿Bien? ¿Está bien con ellos?
Satanás: ¡¡Claro que sí!! Serán unos especimenes perfectos. Por un lado, él es el perfecto fariseo, obedeciedo cada una de las reglas que los rabíes, y yo, hemos inventado. Aún así mira a esta jovencita con deseo. Y mírala a ella. Fue criada para amar y temer a Dios y aún así se permite a sí misma escuchar las palabras seductoras de este hipócrita mientras ignora los ruegos constantes de tu voz; ella lo ha entronizado como a un ídolo en su corazón; empieza a desear sus demostraciones de afecto y codicia en su corazón el ser su esposa. No hay ni un solo mandamiento que ninguno de los dos no haya violado en principio o en acción.
Dios: Eso es cierto. Ellos están ahora bajo tu control, pero Jesús hará que regresen a mí.
Satanás: ¿Cómo? Ellos han ignorado tu voz tierna y cariñosa. Sólo leen las Escrituras con la que se sienten cómodos. ¿Qué reservas te quedan?
Dios: Jesús les mostrará mi amor por la humanidad de una manera que ellos no han conocido nunca.
Satanás: ¡Bah! Yo mismo lo haré tropezar. Pero con lo que respecta a estos dos, no debe haber ningún trato especial. No puedes forzar su voluntad.
Dios: Nunca fuerzo la voluntad de nadie.
Satanás: Una política que lamentarás toda tu vida.
Dios: No. Una política que TÚ lamentarás toda tu vida.
Satanás: ¡Bah! Pero volviendo a María y Simón. Ninguna columna de fuego, ni ángeles en visión. Sólo los acontecimientos normales del día, las palabras de las Escrituras y la voz tierna y cariñosa. ¿Hecho?
Dios: Hecho.
Satanás: Bien. Después de estos meses en que la familiaridad ha ido en aumento, vamos hasta la casa de Simón y escuchemos su estúpido parloteo.
Escena III
La casa de Simón
(Las luces aumentan más fuertemente sobre Simón y María mientras están sentados tomando alguna bebida y charlando felizmente.)
Simón: Así que dormiste mucho, ah??
María: (Entornando los ojos y riéndo) Oh, estaba tan avergonzada. Pensaba que iba a morirme.
Simón: Bueno, no debemos permitir que eso pasa de nuevo. Pero te diré una cosa, María. No había reído tanto en mucho tiempo.
María: Ni yo tampoco. Me haces sentir como como bueno, como la mujer más encantadora de todo Betania.
Simón: No, no, no. La mujer más encantadora de todo Israel.
María: No, no, no. Recuerda lo que dicen las Escrituras sobre los halagos.
Simón: Estos no son halagos, mi querida María. (Poniéndose serio) Tú eres una mujer muy sensible, inteligente y encantadora. La clase de mujer que
María: (Él hace una pausa. Ella se inclina se echa hacia delante, deseosa de escuchar el resto) ¿¿Sí?? (Se congela la acción)
Dios: (V.O.) ¡Este no es tú lugar, María!
Simón: Olvídalo. Ya he dicho demasiado.
María: Está bien, Simón. Podemos confiar el uno en el otro.
Simón: (Hace una pausa la mira afectuosamente) Muy bien entonces. Tomaré mi vida en mis manos y hablaré lo que hay en mi corazón. Tú, mi querida María, eres la clase de mujer que cualquier hombre en Israel estaría dispuesto a dar su fortuna por casarse con ella.
María: Cualquiera es una palabra muy grande.
Simón: Y lo sostengo. ¡Cualquiera!
Dios: (Advirtiendo) ¡María!
María: ¿Incluyéndote a ti? (Pausa)
Dios: No, Simón.
Simón: Incluyéndome a mí, especialmente.
María: (Se siente halagada. Baja la cabeza y permanece callada. Mira hacia el frente
y se echa hacia adelante con expresión seria.) ¿Simón?
Simón: ¿Sí?
Dios: No lo digas, María.
María: (Ella lo escucha pero lo ignora) Yo yo nunca me había sentido así antes. Todo a nuestro alrededor dice que no hay esperanza para nosotros, pero aquí, (señalando su corazón) se siente como si hubiese toda la esperanza del mundo. Simón, yo (Ella baja su cabeza)
(El es profundamente tocado por sus palabras y se inclina un poco hacia delante. Hay una larga pausa.)
Simón: ¿Sí?
María: Es muy grande para decirlo.
Simón: Yo tomé mi vida en mis manos y dejé que mi corazón te hablara. No harás lo mismo por mí.
María: (Todavía mirando hacia abajo) Yo eh
Dios: "No cometerás adulterio
Satanás: Esto no es adulterio. Es amor.
María: (Reacciona un poco al escuchar la voz pero luego la ignora. Levanta la cabeza.) Creo que estoy enamorada de ti, Simón.
Simón: (Hace una pausa antes de reaccionar.) Y yo, mi querida María yo también estoy enamorado de ti. Pero por ahora, nuestro amor no puede ser. Debo enviarte lejos y no volver a mirar tu hermosa presencia. Debo olvidar que te conocí. Yo debo olvidar la suavidad de tu toque. Debo pero me temo que no podré Soy como Adán; temeroso de aceptar la fruta y más temeroso aún de perder el amor de mi diosa.
María: Tú nunca perderás mi amor.
Simón: Nunca es una palabra muy grande.
María: Y lo sostengo. Nunca perderás mi amor.
Simón: Ni tú el mío. Pero, debido a las desafortunadas reglas de la sociedad, lo que hacemos va acompañado de un grave peligro.
María: Pregúntame si me importa.
(Él la mira como si estuviese tratando de leer su mente.)
Simón: ¿Te importa?
Dios: "No tendrás dioses ajenos delante mí.
María: Yo
Satanás: El te ama, María.
(El rostro de María se endurece un poquito como respuesta a la voz. Luego continúa con su rebelión, aún más marcadamente.)
María: Yo moriría por ti, Simón de Betania.
Simón: ¿¿Lo dices en serio??
María: Sí.
Simón: Podría suceder eso. A ambos.
María: No hay muerte en una simple amistad.
Simón: ¿Pero que tal si?
María: Shhh. No preguntes eso. Esto es sólo una amistad. Nada más. (Se levanta y se pone su chal. Pero, siempre es sabio ser discretos. No debo quedarme dormida de nuevo.
Simón: ¿Ya te vas? ¿Tan pronto?
María: Simón, mira la hora. No es tan pronto.
Simón: ¿Cuándo volveré a verte?
María: Tan pronto como podamos hacerlo discretamente. (Va hacia la puerta, ve la llave cerca de la puerta y la toma. Lo mira con una mirada de pregunta.)
María: Simón, como vengo con frecuencia y a horas tan irregulares, ¿podría tener mi propia llave?
Simón: Sí, María, por supuesto. Pero sólo si la llevas muy cerca de tu corazón.
(Ella cuelga la llave en su cuello y sale haciendo un guiño y con una mirada pícara.)
María: Está bien. Cerca de mi corazón.
Escena IV
Cielo
Satanás: ¡¡Ja!! ¿¿Escuchaste
eso?? "Tan pronto como podamos hacerlo discretamente. La
pobre tonta piensa que Raquel nunca regresará de su enfermedad.
Desea creer que su pecado nunca será conocido y que un
día podrá casarse con ese hipócrita y que
vivirán felices para siempre.
Dios: No hay tal cosa como pecado libre.
Satanás: Querrás decir que no hay tal cosa como ser libre del pecado.
Dios: ¡No! Quise decir lo que dije. No hay pecado libre como María y Simón pronto se darán cuenta. Pero sí hay libertad del pecado, cosa que ellos sabrán cuando conozcan a Jesús.
Satanás: ¡¡Ja!! Cuando Jesús salga de Nazaret tendré a estos dos envueltos tan apretadamente que nunca podrán mirarlo.
Dios: ¿Oh?
Satanás: Claro que sí. Y ahora, mientras pasan las semanas, es que comienza realmente la diversión. María está camino a la casa de Simón con noticias muy excitantes, pero está a punto de aprender que los amantes no saben mucho del amor.
Escena V
La casa de Simón
(Luces sobre Simón. Él camina de un lado a otro concentrado inquietamente en una carta que sostiene en sus manos. Se escucha el sonido de una llave en la cerradura y entra María, que suelta el chal. Habla con amor en su voz.)
María: Hola, Simón.
(Él no se muestra cariñoso. Más bien formal.)
Simón: Oh, María. Me alegra que vinieras.
María: También yo.
Simón: María, yo eh Bueno, las cosas van a ser un poco diferentes para nosotros.
María: Um jmmm
Simón: Esto afectará nuestro futuro.
María: Oh, lo sé.
Simón: ¿Cómo lo sabes?
María: Podría preguntarte lo mismo a ti.
Simón: ¿De que estás hablando?
Maria: Sólo digamos que tu segunda esposa, a diferencia de la primera, no será estéril.
Simón: (Sospechoso) ¿Y cómo puedes saber eso?
María: Por el hecho de que no soy una niña.
Satanás: (Habla al oído de Simón.) Eres hombre muerto, Simón de Betania.
Simón: (El mundo se le ha caído sobre su cabeza. Se ha quedado sin palabras pone la carta sobre el escritorio. Gruñe.)
(Ella no se da cuenta de su estado y continúa hablando con soltura.)
María: No te sorprendas, Simón. Oh, yo sé que este no es el mejor momento, pero haremos todo como lo habíamos planificado y nadie se enterará.
Simón: (Con intensidad pero en voz baja.) Oh, no.
María: Oh, claro que es más incoveniente de esta manera, pero
Simón: ¡María!
María: ¿Sí?
Simón: ¿Estás completamente segura?
María: Claro.
Simón: ¿Se lo has dicho a alguien?
María: ¡Por supuesto que no!
Simón: Bien. Bien, bien. Entonces todavía hay esperanza para nosotros.
María: Por supuesto que hay esperanza. Ciertamente me hubiese gustado que hubiese sido en otro momento para que pudiésemos casarnos aquí y vivir entre nuestros amigos, pero no me importa tanto eso, Simón. Todo lo que me importa es estar contigo.
(Concentrado en sus propios pensamientos casi no atiende lo que ella está diciendo.)
Simón: ¿Qué hacer? Oh, ¿qué hacer?
Satanás: Llévala a la mujer que vive en la colina, Simón.
Simón: Hmmm. Hay una mujer que vive en las colinas
María: ¿La pitonisa egipcia que vive en una cueva?
Simón: ¿Has escuchado hablar de ella?
María: Todo el mundo sabe de ella. Pero he escuchado que hace hechizos y usa drogas y pociones.
Simón: Rumores de peso. Pero no importa. Tienes que ir a verla.
Dios: "No consultarás a adivinos, pitonisas ni brujos o te comunicarás con ellos.
María: ¿Por qué ella?
Simón: ¿Por qué ella? Ella es la única por estos lugares que puede terminar con ese embarazo.
María: ¿Terminarlo? ¿Quién habló de terminarlo?
Simón: Podría ser la salida. De otro modo los dos estamos muertos.
María: ¡Simón!
Simón: Mira, María, si la aldea de Betania se llega a dar cuenta de que estás esperando un hijo, será la muerte para los dos. Tienes que venir conmigo.
Maria: ¡Simón, por favor!
Simón: Mira, yo sé que esa mujer te pone nerviosa. Pero yo voy a estar allí a tu lado. Escucha sus consejos antes de decidir.
María: ¿Sólo eso?
Simón: Seguro que sí. Si no estás de acuerdo con lo que te dice, entonces buscaremos otra manera.
María: ¿Lo prometes?
Simón: Lo prometo. (Toma el chal de María.) Toma, ponte el chal sobre tu cabeza.
Satanás: Él te ama, María. Confía en él.
María: Está bien. Iré. (Salen hacia la oscuridad.)
Escena VI
Cielo
Satanás: ¿¿Ves cómo la araña teje su tela más segura que nunca?? Pero lo que él no sabe es que la tela que está tejiendo es para sí mismo.
Dios: Ésta es una verdad de la cual debes tomar nota.
Satanás: Ja, ja. Había olvidado tu sentido del humor. Pero es en la cueva de la sabiduría carnal donde yo perforaré el velo interno de la mente de María.
Escena VII
La cueva
Muy temprano aún oscuro. Se escucha un golpe de bastón en la roca y ella esconde rápidamente cualquier cosa que parezca sospechosa.
Consejera: ¡Pase! (Pasan a través de las cortinas de pieles y entran un tímido Simón con una temerosa María, ambos con sus rostros cubiertos.) Saludos mis amigos.
Simón: Saludos, sabia consejera.
Satanás: (A la mujer.) Su nombre es Simón de Betania.
Consejera: ¿Y cómo puedo ayudarte, Simón de Betania?
(Simón, desconcertado, vacilante, se descubre el rostro.)
Simón: ¿Cómo sabes mi nombre?
Consejera: ¿Acaso no estás aquí porque sé más que tú?
(Simón se desconcierta un poco. Continúa hablando nerviosamente.)
Simón: Mi hija aquí tiene un pequeño problema.
Consejera: ¿Oh? ¿Cuál es tu problema, querida?
Dios: "¡María, huye de este lugar!
(Da la vuelta para salir pero Simón la detiene. La voz de María voz es intima pero intensa.)
María: Simón, no me gusta este lugar.
Consejera: ¿Cuál es el problema, jovencita?
Simón: (Susurra) Sólo escucha sus consejos.
María: (Susurra) No, Simón, déjame ir.
Simón: (Susurra) Todo va a estar bien. Confía en mí.
Consejera: No te preocupes, querida. No te haré daño. Ven, parate aquí, delante de mí. (Simón la ayuda a obedecer.)
Satanás: Su nombre es María y está embarazada.
Consejera: ¿Cuánto tiempo hace que estás embarazada?
María: ¿Cómo
Consejera: (Terminando la pregunta de María.) lo supe?? ¿Por qué otra razón hombres mayores traen mujeres jóvenes buscando consejo, María?
Dios: ¡Huye, María!
(Temerosa, María mira a Simón, e intenta retirarse. Simón se lo impide.)
María: Tengo que irme.
Simón: ¡Quédate!
María: ¡Déjame ir!
Simón: (Susurra) Contéstale, María.
María: (Susurra) Tengo miedo, Simón.
Simón: (Susurra) Entonces contesta para que podamos terminar ya.
María: (Volviéndose a la consejera.) Sólo unas semanas, creo.
Consejera: Por accidente, supongo.
María: (Asiente con la cabeza.) Sí.
Consejera: ¿Y ahora quieres terminar con este embarazo?
María: ¡No! Sólo vine aquí a que usted me de un consejo.
Consejera: (Mirando a Simón.) ¿Sólo un consejo?
Simón: Eehh ella quiere saber qué alternativas tienes, consejera.
Consejera: Ya veo. (Estudia a María por un momento. María abre y aprieta su puño, respira rápidamente. La consejera comienza a hacer lo mismo, como si fuera el espejo de María.) Puedo entender porqué tienes miedo, María.
María: ¿Lo sabe?
Consejera: Por supuesto. Ser invadida por una vida exterior debe ser algo espantoso en cualquier circunstancia. Fuera del matrimonio, es doblemente espantoso. ¿Estoy en lo cierto?
María: (Asiente con la cabeza.) Sí.
Consejera: Probablemente pienses que lo que está desgastando las fuerzas de tu vida y haciéndote sentir enferma es humano. ¿Estoy en lo correcto?
María: Sí, por supuesto.
Consejera: Ese es un concepto erróneo entre los incultos.
María: ¿Qué quiere decir?
Consejera: Los sabios doctores de Alejandría han descubierto que lo que habita dentro de ti no será totalmente humano hasta después de muchos meses.
María: No entiendo.
Consejera: Lo que llevas en tu vientre es potencialmente humano. En esta etapa no es más parecido a uno de nosotros que un pez o un gusano.
María: No creo eso.
Consejera: Pero es cierto. No piensa, ni siente, y ni siquiera es capaz de vivir sino que es un parásito de tu vida.
María: Nunca antes había escuchado eso.
Simón: Sólo escucha, María. Ella sabe de estas cosas.
(La mujer toma algo brillante y da unos golpecitos encima de la mesa con él. Los ojos de María siguen todo lo que hace la mujer y la mujer comienza a mover el objeto de un lado a otro. María sigue el patrón. Las palabras de la mujer siguen el tiempo del ritmo del objeto.)
Consejera: Déjame ver tus ojos, María.
María: Mis ojos.
Consejera: Sí. Necesito saber que me estás entendiendo.
María: Oh.
Consejera: Cuándo descubriste que estabas embarazada; ¿fue un descubrimiento feliz?
(Al principio, María habla independientemente del ritmo pero gradualmente cae en él.)
María: Sí, eee uu al menos al principio.
Consejera: ¿Te hace sentir bien el invasor?
María: No.
Consejera: ¿Tienes más energía?
María: No.
Consejera: Si eres descubierta, ¿se alegrará tu familia?
María: No.
Consejera: ¿Qué harán ellos?
María: Ellos
Consejero: ¿Te apedrearían?
María: Quizás.
Consejera: ¿Y a tu amante?
María: (Asiente con la cabeza.) Sí.
Consejera: ¿Amas a este hombre?
María: (María lo mira con amor.) Oh, sí. Sí.
(Golpea la mesa con el objeto para volver a tener la atención de María y continúa hipnotizándola.)
Consejera: ¿Más que al invasor?
María: ¿Hmmm?
Consejera: ¿Amas a este hombre más que al invasor?
María: Sí.
Consejera: Tú quieres que tanto él como tú vivan, ¿o no?
María: (Se ve muy confundida aturdida.) Sssssiiii.
Consejera: ¿Invitaste al invasor?
María: NNN No. Fue un error.
Consejera: ¿Un qué?
María: UUUUn eee error.
Consejera: Habla más alto María. ¿Qué decías?
María: UUUn error. Cometimos un error.
Consejera: TÚ cometiste un error.
María: Yo yo cometí un error.
Consejera: Un error que pone en peligro sus vidas.
María: Sí.
Consejera: Afortunadamente los errores pueden ser corregidos.
María: ¿Corregidos?
Consejera: Los alejandrinos han descubierto ciertos procedimientos y pociones que le devuelve el derecho a elegir a las mujeres. Crees en el derecho a elegir, ¿verdad?
María: Sí, creo que sí.
Consejera: Y has decidido retomar el control sobre tu cuerpo, ¿no es así?
María: Sí.
Consejera: Tendrás hijos cuando tú lo decidas.
María: Sí. Cuando yo lo decida.
Consejera: En estos momentos no eliges tenerlos.
María: No. No elijo tenerlos.
Consejera: Tener un hijo en estos momentos es muy peligroso.
María: Sí. Peligroso.
Consejera: Beberás esto.
María: (Acepta el frasco luego vacila.) Yo
Consejera: Bébelo.
María: ¿Me hará daño?
Consejera: Sólo va a hacerte bien.
(María se da la vuelta hacia Simón.)
María: ¿Me hará daño, Simón?
Simón: No, no te hará daño, María.
María: ¿Qué le hará a mi
Consejera: (Interrumpiendo.) ¿Al invasor?
María: Sí.
Consejera: Con esta poción estarás limpia de nuevo.
María: ¿Eso será todo?
Consejera: Por supuesto. Bébelo.
Dios: "No matarás, María.
María: (A Simón.) ¿Simón?
Simón: Bébelo.
María: Yo (Con algún temor lo lleva hasta sus labios. Vacila.)
Simón: Bébelo, María. No te hará daño. (La consejera hace un gesto de asentimiento a Simón quien guía la mano de María para que beba. María bebe la poción. Eso la hace toser.)
Consejera: Muy bien. Ahora tu cuerpo es el mismo de antes.
María: (Tose.) Gracias. ¿Eso es todo?
Consejera: Sí, María. Eso es todo. Puedes irte ahora.
María: Gracias.
Simón: (Ayuda a María a salir del lugar y luego se da vuelta para dejar una bolsa de dinero en la mesa.) Está todo ahí.
Consejera: Estoy segura que sí, Simón. Venga de nuevo si ve que su derecho a elegir está amenazado.
Simón: ¿Consejera?
Consejera: ¿Sí?
Simón: ¿Cuándo va a levantarle el hechizo?
Consejera: ¿Hechizo?
Simón: Sí. La hechizaste para que se tomara la poción. ¿Cuándo va a estar libre de eso?
Consejera: (Friamente) No sé de lo que está hablando.
Simón: Oh, eee una pregunta más. ¿Le hará daño la poción?
Consejera: La libertad no es gratuita.
Simón: ¿Qué significa eso?
Consejera: Ella sufrirá algunos dolores.
Simón: Pero usted dijo
Consejera: (Arrogantemente) No es tu cuerpo. ¿Qué te importa eso?
Simón: Si va a tener dolor entonces no sería sabio llevarla a su casa ahora.
Consejera: No, si quieres mantenerlo en secreto.
Simón: La llevaré a una posada.
Consejera: Sí. Es un buen plan. Y no la dejes sola.
Simón: ¿Por qué?
Consejera: Estos creyentes en Dios, mucho más que mi gente, sufren de remordimientos.
Simón: ¿Suicidio?
Consejera: (Asiente) Sólo mantenla vigilada.
Simón: ¿Por cuánto tiempo?
Consejera: Por varios días, por lo menos.
Simón: ¡No puedo quedarme con ella! Si los dos desaparecemos por varios días
Consejera: Ustedes los conquistadores no planifican para el futuro, ¿verdad?
Simón: ¡Sólo ayúdeme! (Da un golpe en la mesa con su puño.) ¿Está bien?
Consejera: Tengo un asistente que puede contratar para que la vigile.
Simón: Gracias.
Consejera: No es nada. Somos una institución que provee todos los servicios.
Escena VIII
El Cielo
Satanás: (Riéndose) ¡JA, JA, JA! Más servicios de los que sabe. Por ahora, tengo dos personas con sangre en sus manos. Eso me da ciertos derechos sobre ello, ¿o no?
Dios: (Tristemente) Sí.
Satanás: Y, en contra de las exhortaciones de tu Espíritu, María ha rendido su mente al poder de otro. Y eso me da aún más derechos, ¿verdad?
Dios: Sí.
Satanás: Se ha rendido a la Rebelión, a la Lujuria, al Control de la Mente, al Engaño, y le ha abierto la puerta al Odio, al Asesinato y a la Venganza.
Dios: Sí.
Satanás: Y Simón ha engañado, ha cometido adulterio, ha usado el control de la mente, se ha robado la confianza de una mujer, ha fomentado muerte. Él también es mío.
Dios: Sí, Están en tu terreno.
Satanás: ¡Para siempre!
Dios: No. Jesús ha venido para libertar a los cautivos.
Satanás: Fracasará y será capturado en su intento.
Dios: Jesús nunca ha fallado.
Satanás: Jesús no se ha encontrado conmigo todavía.
Dios: ¿Has olvidado la batalla en el cielo?
Satanás: Ganó esa batalla siendo el Capitán de las huestes del Señor con 2/3 de los ángeles para ayudarle. Esta vez se enfrentará conmigo como un mero hombre, vestido con la carne de Abraham. Va a fracasar.
Dios: El tiempo lo dirá.
Satanás: Si, claro que sí. ¡Pero mira! Simón está leyendo una carta de Raquel y María está caminando en medio de una tormenta para descargar su rabia contra él.
Escena IX
La casa de Simón En la noche
Se escucha el sonido de la lluvia afuera. Está leyendo la misma carta. Se escucha el sonido de la llave en la cerradura y la puerta se abre bruscamente. Entra María. Está empapada, sucia, despeinada. Se siente engañada, usada y sin esperanza. Cierra la puerta y se recuesta sobre ella. Simón se impresiona al verla pero lucha por mantener su compostura.
María: (Jadeando sin aliento)
Simón: ¡María!
María: (Sin aliento) ¿Por qué, Simón?
Simón: Me temo eee Me temo que no sé de lo que hablas, María.
María: (Ya menos jadeante) ¿Por qué me mentiste?
Simón: ¿Te mentí?
María: "No te hará daño, María. ¿Recuerdas esas palabras?
Simón: Lo siento. No sabía.
María: ¿Que no sabías?
Simón: No.
María: Entonces por qué me lo aseguraste de esa manera.
Simón: Yo
María: ¿Y por qué me dejaste con esa mujer tan indeseable?
Simón: Uno de los dos tenía que estar - aquí para evitar sospechas.
María: ¿Por qué me forzaste a tomarme esa poción?
Simón: Yo no te forcé.
María: ¿Que no me forzaste? ¿Estamos hablando el mismo idioma?
Simón: Era la única salida.
María: No era eso lo que me decías en nuestros sueños de verano. "Si algo sale mal, te irás a Jericó y yo te seguiré. ¿No era eso lo que me decías?
Simón: Sí.
María: ¿Por qué no lo hicimos? ¿Por qué permitiste que me envenenaran? ¿Por qué dejé que me desgraciaran mis entrañas? ¿Por qué tengo que tener la sangre de mi bebé en mis manos? ¿Por qué?
Simón: Hicimos estos planes antes de que yo lo supiera.
María: ¿Supieras? ¿Supieras qué?
Simón: ¡Supiera esto! (Entregándole la carta)
María: ¿Qué es esta carta?
Simón: Léela.
Raquel: (V.O.) Mi querido Simón,
María: (Levanta la vista) ¿Tu esposa?
Simón: Sí, mi esposa.
Raquel: (Continúa V.O) No sabes la alegría que invade mi corazón por mi recuperación. Estoy caminando distancias más largas cada día y añoro el día cuando pueda sentir tus amorosas manos que me rodean una vez más. (María no puede seguir leyendo y arruga la carta.)
María: Me dijiste que Raquel estaba muriendo.
Simón: ¡Lo estaba!
María: (Levantando la carta.) ¡Esto no es agonizar!
Simón: Lo siento Los médicos dijeron yo pensaba
María: ¡Pensabas! Yo soy la que ha tenido que vivir en un cuerpo marcado. Yo soy la que escucho voces acusándome de una maldad terrible. Yo soy la que tengo que cargar más culpa de la que Dios puede aguantar y todo esto por que tú pensabas??!!
Simón: ¡María! Cállate por favor. ¡Alguien puede escucharte!
María: ¿Crees que me importa? Estoy así de cerca de derramar mi propia sangre aquí y esperas que me calme? ¡Regresa a la Tierra, Rabí!
(Se desploma en una silla y se le queda mirando al techo por unos segundo. Luego se sienta, alisa la carta con sus manos, la lee por un momento y luego mira a un angustiado y silencioso Simón.)
María: ¿Ahora que hacemos?
Simón: ¿Nosotros?
María: (Sarcásticamente) Simón, las mujeres no conciben bebés solas.
Simón: Lo que quiero decir es que lo que haya que hacer tendrás que hacerlo tú sola.
María: ¿Y qué sería lo que tengo que hacer?
Simón: Tienes que irte de Betania, María. Debes olvidar que me conociste.
María: ¡Olvidar! ¿Así no más? ¿Olvidar?
Simón: Eres muy joven. Puedes empezar de nuevo.
María: ¡Comenzar de nuevo! ¿Con qué?
Simón: María, eres una joven adorable con mucho que ofrecer. Puedes
María: ¡Simón! ¡No tengo nada que ofrecer! Te he entregado todo lo que soy.
Simón: Estás diciendo tonterías. Eres la misma que cuando nos conocimos. Nada ha cambiado.
María: ¡Nada ha cambiado! ¿No oyes lo que te digo? Deposité en ti toda mi confianza y te entregué todo lo que soy.
Simón: No te pedí que confiaras en ti.
María: ¡No me pediste confianza! Esa es la parte secreta de la relación. Jamás hubiese dejado que me tocaras si no hubiera confianza.
Simón: María
María: Me dijiste que me amabas. Me dijiste que tu esposa estaba agonizando. Me dijiste que era seguro hacer planes para un futuro juntos.
Simón: María.
María: ¡¿Y ahora me estás diciendo que nunca me pediste que confiara en ti?!
Simón: ¡María!
María: Me pediste una prueba de mi amor. Pues ahora es el momento de que pruebes el tuyo.
Simón: (Con firmeza) Mira, María. No estoy completamente seguro de conocer todas las complejidades de la mente femenina. Pero de lo que sí estoy seguro es de que por ahora nuestra relación terminó. (Toma una bolsa de la mesa) Toma.
María: ¿Qué es eso?
Simón: Dinero. Para un nuevo comienzo. (Le ofrece la bolsa y ella la tira al suelo.)
María: No soy una ramera que reciba paga por servicios prestados.
Simón: ¡No te llamé ramera!
María: ¡Tu dinero lo hizo!
Simón: No fue ese mi propósito. Sólo quiero ayudarte.
María: ¡No quiero tu dinero! ¡Te quiero a ti!
Simón: ¿Cómo? ¿Dos esposas?
María: Yo
Simón: ¿No te das cuenta? Es la única salida por ahora. (Pausa) Presta atención, María. La salud de Raquel nunca será muy buena. Sal del pueblo por un tiempo y veamos que pasa con el tiempo.
María: ¡Estás hablando en serio!
Simón: Es la única salida segura. Estoy segura de que con la providencia de Dios podré mandarte a buscar muy pronto. (Recogiendo el dinero) Por favor, toma el dinero y vete.
María: (Sospechosamente toma la bolsa) Me pregunto, Simón.
Simón: ¿Qué te preguntas?
María: Si tal vez no seré yo otro capítulo en uno de tus libros. Algo para ayudarte a pasar el tiempo.
Simón: (Guiándola hasta la puerta) No, María. Fue mucho más que eso. Debes creerlo.
María: ¿Creerte?
Simón: (Ignorando el golpe) Te enviaré dinero regularmente para cuidar de ti hasta que pueda mandar a buscarte.
María: ¿Lo prometes?
Simón: Por supuesto, mi amor.
María: (Hay una pausa mientras ella considera la contestación. Lo que dice está matizado de amargura y sarcasmo.) Muy bien. Te dejaré por un tiempo, mi amado Simón.
Simón: Es nuestra única alternativa. Lo siento mucho. Adiós.
María: ¿Eso es todo? ¿Sólo adiós?
Simón: Yo eee Sí. Cualquier otra cosa eee sería muy dolorosa.
María: Sí, por supuesto. Claro que no queremos causar ningún dolor. Adiós, Simón.
Simón: Adiós, María. Dios vaya contigo. (Ella sale, bajo la lluvia, deja la puerta abierta. La observa irse y luego baja su cabeza con desesperación.) Oh, Dios, ¿qué he hecho?
Acto II
Escena I
Apartamento de María
(María y Reuben salen fuera de la puerta. Él le da una pequeña bolsa de dinero y siguen hablando en pantomima mientras Satanás observa.)
Satanás: (Mirando a María y a Reuban) Mírala. María, la ramera de Magdala. Simón no envía dinero hace años así que ella vende su alma para alimentar su cuerpo. (Mirando hacia Dios) ¿No te pones triste? ¿Lo que le sucede a la gente ya no te afecta.?
Dios: Lo que le sucede a ellos le afecta al universo entero. El cielo se ha vaciado para poder regresarlos, y aún así ellos no entienden. Están atrapados en la telaraña del pecado y no pueden escapar.
Satanás: ¡No hay salida!
Dios: ¡Jesús es la salida!
Satanás: No de esto. Escucha las palabras de tu pequeña ramera.
(Reuban se va de la casa de María. Su hablar es coqueto e íntimo.)
Reuban: Tú sabes, María, estaba pensando que tal vez después de algunos viajes habré ahorrado algún dinero como para que hablemos de algo más serio. Entre tú y yo quiero decir.
María: ¿Tú crees?
Reuban: Claro que sí. Tú sabes lo que siento por ti.
María: Gracias, Reuban. Yo pienso lo mismo de ti. Quizás más. Pero mejor sigue tu camino o vas a perder tu caravana.
Reuban: Tienes razón. Adiós.
María: (Agita su mano coquetamente.) Adiós, Reuben. Regresa pronto.
Reuban: Volveré. Adiós.
(Se puede intercalar una canción (opcional) que se relacione con el tema.)
(Entra a la casa y luego de cerrar la puerta se recuesta de la misma dejando que la frustración y la rabia crezcan hasta que arroja la bolsa de dinero contra el suelo.)
María: ¿Dónde está mi dinero, Simón? ¡No tengo que vivir de esta manera!
Satanás: Simón nunca te enviará dinero. Pero tú tienes su llave. ¿Por qué no lo visitas y le das una sorpresa? (Ella saca la llave que lleva en una cadena en su cuello. La mira y pone una mirada de determinación en su rostro.)
Escena II
El lugar de Simón. No hay nadie en escena. Se escucha el sonido de una llave en la cerradura. María entra y mira alrededor buscando orientarse. Las cosas se ven mejor que antes y ella se encuentra en un terreno que no le es familiar. Aspira el aire y se siente desconcertada. Se dirige a una silla donde toma algo que es definitivamente femenino. Mientras observa todos los cambios en ese lugar, nota un florero lleno de flores.
María: ¿Simón? (Pausa) ¿Simón? (Una mujer entra detrás de ella.)
Tara: ¿Quién es usted?
María: (Se da vuelta sobresaltada.) ¡Oh!
Tara: ¿Cómo entró aquí?
María: Yo misma abrí la puerta. (Le muestra la llave que cuelga de su cuello.)
Tara: ¿Dónde consiguió esa llave?
María: Yo eee Yo solía limpiar la casa del Rabí. ¿Se encuentra él en casa?
Tara: ¿Qué?
María: Pregunté si él se encuentra. Vine a visitar desde Magdala y quería saludarlo.
Tara: Simón no vive ya en este lugar.
María: ¿Oh? ¿A dónde ha ido?
Tara: Pasa la mayor parte del tiempo en el valle de Gehenna.
María: (Conmocionada) ¿Qué? ¿Por qué?
Tara: ¿Adónde más van los leprosos?
María: ¡Leprosos! ¿Simón es un leproso?
Tara: Uno de los peores.
María: Oh. (De repente se siente muy afectada con la tragedia de Simón.)
Tara: Usted debe haber perdido contacto por algún tiempo.
María: Oh, sí. Ha pasado algún tiempo.
Tara: Lo siento mucho. ¿Eran ustedes buenos amigos?
María: Eeee no. No. Sólo hablábamos un poco.
Tara: ¿Puedo ofrecerle algo?
María: No. No, gracias. Comeré con Marta y Lázaro.
Tara: ¿Marta y Lázaro? Tú debes ser María.
María: Sí.
Tara: He escuchado hablar mucho de ti, María. Yo soy Tara, la esposa de Simón.
María: ¿Esposa? (María comienza a darse cuenta de las mentiras de Simón. Ella quiere salir de allí.) Encantada de conocerle. Bueno, ya debo irme.
Tara: ¿Tan pronto?
María: Sí, ya estoy tarde.
Tara: ¿María?
María: ¿Sí?
Tara: ¿Seguirás necesitando esa llave?
María: (Quitándosela de su cuello se la entrega
y sale de prisa.)
Escena III
La casa de Marta
Lázaro: Quédate con nosotros, María. Por favor.
María: Me gustaría, Lázaro. De verdad que me gustaría. Pero tengo negocios que atender.
Marta: ¿No hay manera de que te mudes de nuevo a la casa con nosotros?
María: Eeee, no. No creo. Ya sabes como es con los negocios.
Lázaro: Bueno, supongo que una corta visita es mejor que ninguna.
María: Trataré de hacerlo con más frecuencia.
Marta: Podríamos ir a visitarte si nos dijeras dónde es que vives.
María: ¡No! Quiero decir, gracias. Prefiero reunirme con ustedes aquí.
Marta: Como gustes, María.
Lázaro: ¿Te has mantenido al tanto de Juan el Bautista?
María: Sólo rumores. Creo que ha provocado malestar entre los rabíes del pueblo.
Lázaro: Eso no es nada comparado con lo que Jesús va a hacer.
María: ¿Jesús?
Lázaro: Un nuevo profeta. Hace poco fue bautizado por Juan. Lo último que escuché es que estaba en una fiesta de bodas. Cuando se les acabó el vino él convirtió varias tinajas de agua en el mejor vino de la fiesta.
María: ¿Qué?
Lázaro: En serio.
María: Deberías contratarlo para tu negocio de servicio de banquetes.
Marta: ¡Eso sería genial!
Lázaro: He conocido algunos de sus discípulos que juran que él es el Mesías.
María: Muy serias alegaciones.
Lázaro: Podría serlo. Sana la gente de sus dolencias, hasta echa fuera demonios.
María: ¿Lo hace? (Su interés tiene algo de esperanza.)
Lázaro: Claro que lo hace. Si conoces a alguien enfermo o acosado por demonios, llévalo donde Jesús. ¿Sabes? Hay aldeas enteras que no tienen ni una sola persona enferma.
María: Hmmm. ¿Qué hay de la lepra?
Lázaro: Oh, no sé sobre la lepra. Ese es el dedo de Dios.
Marta: Probablemente estás pensando en el Rabí Simón.
María: Eh sí.
Marta: Es una cosa terrible. Y parecía ser un hombre muy justo.
Lázaro: Sí. Es un misterio para todos nosotros.
María: ¿Cuánto tiempo después de ¿
Lázaro: Oh, deja ver. Creo que tres o cuatro años. ¿No es así, Marta?
Marta: Más o menos. Fue después de que volvió a casarse que se dio cuenta. Ha ido deteriorándose bien rápido.
María: ¿Hace cuánto tiempo murió
Raquel?
Marta: Oh, yo creo que sí. Fue justo después
de que te fuiste del pueblo.
María: ¿Estás segura?
Marta: Creo que sí. Sí. (María se siente dolida de nuevo.) ¿Algo anda mal?
María: No. Creo que ya es hora de regresar a casa.
Mata: ¿No podemos hacer que te quedes? Puedes ayudarme
en mi negocio de banquetes.
María: No. No por ahora. Adiós, Marta.
Marta: Adiós, María. Regresa pronto. (Se abrazan. María corresponde el abrazo pero no es muy efusiva.)
María: Adiós, hermano.
Lázaro: Adiós, María. No esperes mucho para venir a visitarnos de nuevo.
María: Está bien. Adiós.
Lázaro: Oh, María.
María: ¿Sí?
Lázaro: Sigue al tanto de Jesús. Él va a cambiar nuestras vidas.
María: Seguro. Adiós.
Escena IV
Cielo
Satanás: ¡Cambiar nuestras vidas! ¡Ja! (Dios permanece en silencio) ¿Bueno? ¿Ningún comentario?
Dios: Lázaro habla como profeta.
Satanás: Ja, ja. Olvídalo. Tengo a Simón dónde ni tú puedes ayudarlo. Y María no está muy lejos de allí. Así que dile a tu Hijo de mi parte que Él no tiene ningún poder.
Dios: ¿No tuvo más poder que tú cuando lo tentaste en el desierto?
Satanás: Sólo porque se mantuvo citándome las Escrituras. Si hubiese tenido el coraje de debatir conmigo mente a mente lo hubiera tenido en un minuto.
Dios: Pero citó las Escrituras, ¿no es así?
Satanás: Sí. Y porque derramaste todo Tu poder a través de esas palabras, ¡no tuve ninguna oportunidad!
Dios: Y el mismo poder fluirá a través de mis palabras cuando otros de mis hijos las usen.
Satanás: Eso, querido enemigo, es mi secreto más grande.
Dios: Pero no para Jesús. Y cuando Él use las Escrituras con Simón y María Él va a desatar el mismo poder.
Satanás: No le daré la oportunidad.
Dios: El tiempo lo dirá.
Satanás: Siempre dices lo mismo.
Dios: El tiempo es mi mejor amigo.
Satanás: Lo dudo. Mira a tu pequeña ramera.
Se dirige hacia el valle de los leprosos para tener un poco de
venganza. No se imagina el dolor que le espera allí.
Escena V
Valle de los leprosos
María: ¿Hay alguien allí? (María tiene si chal envuelto alrededor de su cabeza y rostro.)
Leproso 1: ¿Cómo es que estás aquí en el valle de los leprosos?
María: Estoy buscando a Simón de Betania.
Leproso 1: ¿Eres leprosa?
María: No.
Leproso 1: Entonces debes estar loca. ¡Sal de aquí!
María: ¿Dónde está él? ¿Simón?
Leproso 1: ¡Fuera te dije! (Él avanza como para asustarla. Ella permanece en su lugar.)
María: ¡Voy a ver a Simón!
Leproso 1: Estás loca. (Se detiene vencido) Allá. (Hace un gesto sacudiendo su pulgar sobre su hombro y grita) ¡Simón!
Simón: (V.O.) ¿!Qué!?
Leproso 1: Una loca ha venido a buscarte.
Simón: (Entra) ¿Qué mujer loca?
(María se le acerca. Él le hace un gesto con
la mano.) ¡Atrás! Inmundo. Inmundo. (Ella
no retrocede.) ¡Dije! ¡Inmundo!